La gestión del conocimiento es un nuevo enfoque multidisciplinar que investiga los procesos de captura, desarrollo, intercambio y uso eficaz de los conocimientos en una organización (Nonaka, 1991). Siempre se ha gestionado de algún modo el conocimiento, normalmente asociado a una estructura jerárquica de expertos especializados, pero en la nueva sociedad digital han cambiado importantes factores en lo relacionado al acceso y distribución de la información, que ha aumentado en su flujo y diversidad de fuentes. Una gestión eficaz del conocimiento puede ser algo vital para muchas empresas y tiene cada vez mayor relevancia para la consecución de objetivos en cualquier organización. Tener fácilmente disponible todo lo que tu organización sabe sobre sí misma y aprende de forma continua, qué funciona mejor, qué errores hay que evitar, qué nuevos procedimientos, métodos o herramientas permiten ser más eficaces, cuáles son las novedades del sector o área, a qué expertos o nodos es recomendable recurrir… En las organizaciones educativas es también de gran importancia tener y potenciar buenos sistemas de gestión del conocimiento abiertos a la innovación y la actualización continua, que cuenten con la participación de todos sus miembros, para lo cual es clave el uso común de los nuevos medios sociales digitales.
Aunque se repite con insistencia en diversos foros la
creciente importancia de innovar, compartir, colaborar, aprender de forma
continua, emprender, estar abiertos a nuevas ideas y posibilidades, es decir,
gestionar nuevo conocimiento, las herramientas tradicionales de gestión que
suelen manejar los directivos permiten administrar solo el conocimiento
tangible de sus organizaciones, o realizar una gestión de activos y resultados
puramente administrativa. Las actuales empresas y organizaciones fueron creadas
y diseñadas para gestionar servicios y administrar procesos productivos. Su
diseño es mecanicista, con ingeniería orientada a la
producción industrial y su gestión administrativa. Por eso suele resultar tan
complicado cambiar la cultura organizativa y abrirla a la innovación, requiere
cambiar hábitos y reglas de juego que están muy enraizadas. La resistencia de
los establecidos en la antigua gestión, de quienes pueden permitirse no salir
de su zona de confort o trabajar sin hacer el esfuerzo de
procesar y generar nuevo conocimiento de forma continua, puede ser feroz. Y,
sin embargo, es el punto clave para transformar las organizaciones y
convertirlas en nodos de innovación al servicio de la sociedad.
Con la nueva gestión del conocimiento en red, el cerebro
de la organización está distribuido, es más potente y eficaz cuanto mayor
es la participación de sus miembros. El cerebro en red es colectivo, se nutre
de diversas conexiones y redes, aunque la responsabilidad de la toma de
decisiones pueda seguir siendo nuclear. Las fuentes de información se han
ampliado y diversificado de forma global. Las organizaciones tienen que
rediseñar sus procedimientos de gestión, identificar sus activos de
conocimiento y transformar su cultura interna hacia la redarquía, el
modelo organizativo emergente característico de las nuevas redes abiertas
de colaboración -muy especialmente la Web 2.0– y está basado en las
interacciones que múltiples agentes mantienen entre sí cuando comparten su
talento y su conocimiento de forma abierta y transparente (Wikipedia).
Ello requiere facilitar las condiciones para que se pueda generar innovación
mediante la participación de todos los miembros de la organización y su
conexión a los nodos clave del sector creando canales adecuados e incentivos y
roles que reorienten la cultura organizativa hacia la gestión eficaz del
conocimiento y su actualización continua (algo que no suelen ver necesario
quienes se limitan a gestionar procesos administrativos). Difícilmente habrá
innovación si no se activan procesos de aprendizaje en red que amplíen el
conocimiento sobre el propio sector o área, si no estamos atentos a detectar lo
que no sabemos todavía, las mejoras por descubrir y experimentar. El
problema es que muchas organizaciones siguen teniendo una visión estática del
conocimiento con estructuras compartimentadas poco abiertas a la colaboración
en red, reduciendo así dramáticamente su capacidad para innovar (es decir,
mejorar los procedimientos para conseguir ser más eficaces y efectivos con
respecto a los objetivos de nuestras acciones y servicios). Una forma de
procurar que no se pierda el conocimiento en una organización es que no dependa
de individuos específicos sino de redes y por tanto sea propiedad colectiva y
no personal. Para que eso sea posible, tenemos que fomentar la participación en
espacios que permitan que el conocimiento circule, que se comparta, que esté
disponible para su uso posterior aunque ya no se permanezca en la institución.
Los trabajadores más valiosos son quienes más activamente comparten lo que
saben y van descubriendo, quienes más aportan al conocimiento colectivo, no
quienes se lo reservan como instrumento de poder. Gestionar el conocimiento de
una organización consiste en gran parte en facilitar la interacción,
colaboración y conexión colectiva, convertirla en una comunidad de aprendizaje
activa que a su vez participa en otras comunidades externas, ya sean locales,
sectoriales o globales.
¿Existe un modelo de gestión del conocimiento en los
centros educativos y para el conjunto del sistema educativo? Sí,
existe (los esquemas cartesianos han permanecido en educación con pocas
modificaciones desde hace siglos). Es un modelo en gran parte orientado a la
información estática, a lo ya conocido, aquello que se puede medir fácilmente
en un examen, y no tanto a proporcionar a los estudiantes algo que es más
difícil de enseñar y medir, el conocimiento (las competencias) que necesitarán
en un futuro próximo, que les permitirá resolver problemas, participar en
retos, crear, hacer, colaborar, experimentar, emprender, participar en
propuestas de innovación en su entorno, conectar con nodos que faciliten
conseguir y poder gestionar nueva información… En los centros educativos,
aunque parezca sorprendente, no suele haber sistemas dinámicos de gestión
colectiva del conocimiento. El trabajo docente está tan pautado que cuando el
profesor llega a un centro se da por supuesto que conoce los procedimientos y
sabe lo que tiene que hacer para dar clase sobre su materia una vez informado
de los materiales didácticos (o «libro de texto») elegidos en su departamento.
Una cultura organizativa tan estática lleva a que un alto porcentaje de
docentes no considere que su actualización continua sea algo prioritario
(tampoco suele haber incentivos para ello) y no crea necesario participar en los espacios
existentes de colaboración profesional en red donde poder ser miembro
de la gestión colectiva del conocimiento en su sector. No se trata de comprar
más tecnología, sino de conocer y usar la existente, conectarse y asumir la
actitud necesaria para ser un nodo más en la Red, estar disponible para
intercambiar información con los demás, establecer proyectos comunes y trabajar
juntos en comunidades de práctica y aprendizaje, enseñar a aprender con los
nuevos medios.
Se suele confundir entrega de información con generación
de conocimiento. La información llega ahora de forma masiva por diversas
vías y no por ello se aprende con mayor facilidad. Más bien al contrario,
requiere destrezas más complejas que la simple memorización y reproducción de
la información recibida. Muchas universidades ofrecen ya acceso gratuito a
través de Internet a sus materiales formativos, ya sea mediante Opencourseware, OER o MOOC, lo cual supone un más fácil acceso a
contenidos diversos, pero no necesariamente un mejor aprendizaje. Si la
transferencia de conocimiento fuera tan sencilla que bastara con la entrega y
acumulación de contenidos, los docentes podríamos ser sustituidos por el
aluvión de materiales y recursos educativos accesibles en Internet. Pero no es
así. La transferencia de conocimiento es un proceso mucho más complejo, si
acaso posible (ver «(Lo siento) el conocimiento no se puede
transferir«, J. M. Aldanondo, Catenaria). No aprendemos con la simple
entrega de información, como espectadores de esos materiales, necesitamos una
secuencia de actividades que nos permita construir nuestro propio conocimiento.
Ahí reside la calidad formativa, en el diseño instructivo de los procesos de
aprendizaje y en un eficaz impulso y guía en el desarrollo de las actividades,
que deben incluir la posibilidad de poder compartir y contrastar lo aprendido,
de poder emular, intercambiar opinión, evaluar entre iguales. No aprendemos más
en cursos donde nos entregan una cantidad ingente de materiales y somos
sucesivamente ilustrados por doctos ponentes, sino en aquellos donde
conseguimos generar nuestras propias evidencias de aprendizaje como resultado
de las actividades realizadas en relación con los objetivos formativos
propuestos.
Se trata de entender el conocimiento no como objeto o
conjunto de contenidos que se puede empaquetar, trasladar y entregar, sino como
una estructura neuronal que se genera mediante el desarrollo de procesos de
aprendizaje, lo cual es aplicable no solo a personas, también es
generalizable a organizaciones y sociedades. Aprendemos (tanto individualmente
como colectivamente) generando conexiones entre conceptos, secuencias, nodos…
G. Siemens, en su obra Knowing Knowledge,
traducida por Nodos ELE, relaciona los descubrimientos en neurociencia
cognitiva sobre el funcionamiento de los sistemas de neuronas espejo o
especulares (Rizzolatti) con la idea de
cómo emerge el conocimiento distribuido por esa simulación o réplica. Al
actuar en entornos de aprendizaje social no sólo los nuevos significados son
creados nuevamente a partir de la información encontrada, sino también los
indicios relacionados con la acción son recogidos de diferentes narraciones y
de los sistemas complejos, y que se integran en nuestros planes de acción.
Según Siemens, es necesario que las redes surjan dentro de algo, de
un dominio, y ese algo es lo que podemos definir como ecología, o ecosistema,
que tiene algunas similitudes con una red de aprendizaje. Una red es en gran
medida un proceso estructurado, compuesto por nodos y conectores, que conforma
una estructura. Una ecología es un organismo vivo, que si es sana, permitirá el
florecimiento y crecimiento de «su red», si no lo es, no habrá un desarrollo
óptimo de las redes. La tarea de un buen gestor de conocimiento es crear y
fomentar esa ecología de aprendizaje para los miembros de su organización o
comunidad, al igual que un formador debe crear ese ecosistema para sus
estudiantes.
El Conectivismo es
una teoría emergente del aprendizaje y la epistemología que está en pleno
desarrollo, aunque con ciertas críticas. Siemens,
Downes y Cormier construyeron los primeros cursos masivos
abiertos en línea (MOOC) sobre Conectivismo, en parte para explicar y
someter a debate de los participantes este nuevo enfoque sobre el aprendizaje
que pretende dar respuesta a cómo el individuo reorganiza su forma de
pensar, comunicarse y aprender con los nuevos medios tecnológicos en una
sociedad del conocimiento más compleja y globalizada, que plantea nuevos
retos y cuestionamientos que no estaban presentes en teorías desarrolladas con
anterioridad al impacto de Internet en nuestros sistemas de acceso a la
información y la generación de conocimiento.
Mapa conceptual de Downes sobre ideas clave del Conectivismo.
El conocimiento personal se hace de una red, que alimenta de información a organizaciones e instituciones, que a su vez retroalimentan información en la misma red, que finalmente termina proveyendo nuevo aprendizaje al individuo. Este ciclo de desarrollo del conocimiento permite a los aprendices mantenerse actualizados en el campo en el cual han formado conexiones. (Conectivismo, Wikipedia)
Partiendo de las principales ideas del conectivismo, Dave
Cormier (que ha creado un MOOC sobre «aprendizaje
rizomático») hizo en 2008 su aproximación a la «educación
rizomática» y otro artículo sobre «comunidades de conocimiento
rizomáticas». El término surge de una metáfora sobre el rizoma, raíz que crece
indefinidamente y que va creando sus propias ramificaciones. Esta metáfora
botánica, ya utilizada por Deleuze y Guattari en el libro Mil mesetas
(1987, edición en España de 1988),
nos proporciona una concepción más flexible del conocimiento en la era de la
sociedad-red: una planta rizomática no tiene un centro, se da en un lugar
abierto, donde es posible el crecimiento porque no hay obstáculos o
delimitaciones, sino que se compone de una serie de nodos, que pueden crecer y
difundirse por sí mismos, solamente limitados por las características de su
hábitat. El aprendizaje rizomático es así negociación de conocimiento,
aprendizaje abierto, dirigido por cada uno y por todos al mismo tiempo, sus
ramificaciones son imprevisibles y siguen creciendo a lo largo de la vida. Es
aprendizaje nómada y continuo.
El punto de vista rizomático sugiere que una negociación
distribuida del conocimiento puede permitir a una comunidad de personas generar
su propio conocimiento en un contexto determinado y conformarse así en
un nuevo nodo conectado al resto de la red. La mayoría de las
personas son miembros de varias comunidades, en algunas de las cuales pueden
actuar como miembros principales o participar en un debate más amplio al tiempo
que ofrecen contribuciones más casuales en otras, recogiendo aquello que pueda
ser de interés y sirviendo así de vaso comunicante. Los buscadores de
conocimiento en campos de vanguardia están encontrando cada vez más que la
evaluación continua de nuevos desarrollos se logra con mayor eficacia a través
de la experiencia participativa y negociada en comunidades rizomáticas. A
través de la participación en múltiples comunidades donde se está asimilando y
probando la nueva información, podemos avanzar hacia el objetivo en movimiento
que es el conocimiento (dinámico y a veces líquido) en el entorno de
aprendizaje moderno. Esta es la nueva realidad participativa de la
sociedad-red. De este modo, la técnica del análisis de redes sociales se utiliza
precisamente para mapear y explicitar quiénes son las personas en una
organización que funcionan como nodos en las redes de intercambio de
conocimiento: quiénes son los que más saben de un determinado tópico, quienes
les consultan y para qué, por qué medios ocurre ese intercambio,
etc. Cormier asegura que en el mundo en red, tecnologías y personas
consolidan cambios importantes en la educación. De una educación en donde se
privilegia la memoria a otra donde se privilegia el conocimiento y la capacidad
para acceder a él. De la repetición como modo de fijar las cosas en las
personas al fluir como forma de ir construyendo el saber. Del empaquetado del
saber en libros y materiales digitales cerrados al conocimiento distribuido y
dinámico.
No podemos ignorar esta realidad. Nuestra profesionalidad como docentes y administradores educativos exige que seamos conscientes de este nuevo escenario generado por los nuevos medios, de la necesidad de integrarlos plenamente en el sistema educativo y que seamos nodos activos en la gestión colectiva del conocimiento que la comunidad educativa, tanto local como global, hace día a día en redes sociales y medios digitales.


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